El cuento es una breve narración que puede ser expresada de forma oral u escrita basada en hechos reales o imaginarios sus partes son
Éste era un perro viejo al cual ya no quería su dueño; ya no se le daba de comer a aquel perro que ya apestaba y era
viejo. El perro estaba triste porque ya no le daban de comer.
Se encontró con el Coyote, que le dice:
—¿Por qué estás triste?
—No tengo que comer porque ya estoy viejo. Ahora ando por
aquí vagando; mi amo ya no me quiere.
Le dijo el coyote:
—Dame un pavo. Esta noche iré a buscarlo y tú saldrás a
ladrarme y te lo abandonaré; y entonces verás que sí te darán de
comer.
Y llegó la noche y el coyote fue a sacar un pavo y el perro
viejo salió a ladrarle:
—¡Gua, gua, gua!
El perro le quitó el pavo al coyote y entonces salió su amo:
—¡Ay, mi perro viejo! ¡Ya le quitó el pavo al coyote! ¡Ay, mi
perro viejo! ¡Ahora que le den de comer una tortilla gruesa! ¡Ay,
mi perro viejo!
- 3 ¿PORQUE EL SAPO NO PUEDE CORRER?
AUTOR: DESCONOCIDO
Por qué el sapo no puede correr Una vieja, no teniendo con quién llamar a sus nietos, que
asisten al juego de pelota, se encuentra afligida].
En seguida le cayó un piojo sobre la falda. Lo cogió y se lo puso
en la mano, y el piojo se meneó y echó a andar.
—Hijo mio, ¿te gustaría que te mandara a que fueras a llamar a
mis nietos al juego de pelota? –le dijo al piojo.
Al punto se fue el piojo contoneándose. Y estaba sentado en el
camino un muchacho llamado Tamazul, o sea el sapo.
—¿A dónde vas? –le dijo el sapo al piojo.
—Llevo un mandado en mi vientre, voy a buscar a los muchachos
–le contestó el piojo a Tamazul.
—Está bien, pero veo que no te das prisa –le dijo el sapo al piojo
–.
¿No quieres que te trague? Ya verás cómo corro yo, y así llegaremos
rápidamente.
—Muy bien –le contestó el piojo al sapo. En seguida se lo tragó el
sapo. Y el sapo caminó mucho tiempo, pero sin apresurarse. Luego encontró a su vez una gran culebra, que se llamaba Zaquicaz.
—¿A dónde vas, joven Tamazul?
–dijo al sapo Zaquicaz.
—Voy de mensajero, llevo un mandado en mi vientre –le dijo el
sapo a la culebra.
—Veo que no caminas aprisa. ¿No llegaré yo más pronto?
–le dijo
la culebra al sapo.
—¡Ven acá! –contestó. En seguida Zaquicaz se tragó al sapo. Y
desde entonces fue ésta la comida de las culebras, que todavía se tragan
a los sapos.
Iba caminando aprisa la culebra y habiéndola encontrado el Vac gavilán], que es un pájaro grande, al instante se tragó el gavilán a la
culebra. Poco después llegó al juego de pelota. Desde entonces fue ésta
Cuentos Mexicanos
– De los orígenes a la Revolución 11
la comida de los gavilanes, que devoran a las culebras en los campos.
Y al llegar el gavilán, se paró sobre la cornisa del juego de pelota,
donde Hunahpú e Ixbalanqué se divertían jugando a la pelota. Al
llegar el gavilán se puso a gritar:
—¡Aquí está el gavilán! –decía en su graznido
–. ¡Aquí está el gavilán!
—¿Quién está gritando? ¡Vengan nuestras cerbatanas! exclamaron. Y disparándole en seguida al gavilán, le dirigieron el bodoque
a la niña del ojo, y dando vueltas se vino al suelo. Corrieron a recogerlo
y le preguntaron:
—¿Qué vienes a hacer aquí? –le dijeron al gavilán.
—Traigo un mensaje en mi vientre. Curadme primero el ojo y
después os lo diré
–contestó el gavilán.
—Muy bien –dijeron ellos; y sacando un poco de la goma de la
pelota con que jugaban, se la pusieron en el ojo al gavilán. Lotzquic le
llamaron ellos y al instante quedó curada perfectamente por ellos la
vista del gavilán.
—Habla, pues
–le dijeron al gavilán. Y en seguida vomitó una gran
culebra.
—Habla tú –le dijeron a la culebra.
—Bueno –dijo ésta, y vomitó al sapo.
—¿Dónde está tu mandado que anunciabas?
–le dijeron al sapo.
—Aquí está el mandado en mi vientre –contestó el sapo. y en seguida hizo esfuerzos, pero no pudo vomitar; solamente se le llenaba la
boca como de baba, y no le venía el vómito. Los muchachos ya querían
pegarle.
—Eres un mentiroso, le dijeron, dándole un puntapié en el trasero,
y el hueso del anca le bajó a las piernas. Probó de nuevo, pero sólo la
baba le llenaba la boca. Entonces le abrieron la boca al sapo los muchachos y una vez abierta, buscaron dentro de la boca. El piojo estaba
pegado a los dientes del sapo; en la boca se había quedado, no lo había
tragado, sólo había hecho como que se lo tragaba. Así quedó burlado
el sapo, y no se conoce la clase de comida que le dan; no puede correr
y se volvió comida de culebras.
Había una vez una viejita que vivía sola. No tenía hijos y su
esposo había muerto. Desesperada, un día la viejita tomó un
huevo, lo envolvió en unos trapos y lo colocó en un rincón
oscuro de su dormitorio. Todos lo días lo desenvolvía, pero el huevo
estaba igual.
Un día, sin embargo, la viejita descubrió que, como por arte de
magia, del huevo salía un niño. Llena de felicidad, lo llamó hijo. En
año y medio el niño que había salido del huevo ya andaba, y hasta hablaba. La viejita estaba contentísima y decía a todo el mundo que su
hijo crecería y sería un gran señor. Pero entonces algo pasó. El niño
dejó de crecer. Pasaban los años y el hijo de la viejita no crecía. Se quedó
del tamaño de un enano. Era un enanito muy bonito y muy gracioso.
Cuando caminaba por las calles del pueblo toda la gente se detenía para
saludarlo y preguntarle cómo estaba su mamá. En la escuela algunos
de los estudiantes le hacían travesuras. Pero a él no le importaba y todos
los días jugaba con ellos. También estudiaba mucho porque quería saberlo todo. A la viejita tampoco le importaba el tamaño de su hijo.
Decía que el enanito era muy fuerte y muy valiente, a pesar de su
tamaño. Todos los días repetía que su hijo sería un gran señor.
Pasaban los años. El enanito ya no iba a la escuela, pues había terminado sus estudios. Se quedaba en casa para cuidar a la viejita, que
tenía muchos años y ya no veía.
El hombre más fuerte del pueblo era el Gobernador, y siempre
abusaba de su fuerza. Un día la viejita le dijo a su hijo que tenía que ir
al palacio de la ciudad y desafiar al Gobernador para ver quién era en
verdad más fuerte. El enanito no quería ir, pero su madre insistió y tuvo
que obedecerla.
Cuentos Mexicanos
– De los orígenes a la Revolución 13
El enano se dirigió al palacio del Gobernador, el cual nunca había
visto. Se quedó admirado de lo grande que era el edificio, de los
muchos pisos que tenía, de sus altas torres y de sus muchas puertas.
Al llegar el enanito a la puerta principal, los guardias no lo querían
dejar entrar a ver al Gobernador. Le dijeron que volviera otro día
porque el Gobernador estaba muy ocupado. Todos los días volvía y
todos los dias los guardias le decían lo mismo.
Un día se cansaron de verlo allí esperando y le permitieron entrar.
El Gobernador se quedó tan sorprendido al ver al enanito que no sabía
qué hacer o qué decir. Por fin le preguntó qué quería. El enano lo desafió y le dijo que quería saber quién de los dos era más fuerte. El Gobernador, en vez de enojarse, se rió y le dijo:
—Bueno, vamos a hacer una prueba. En el jardín hay una piedra
muy grande.
Vamos a ver si la puedes levantar.
El enano dijo que sí, que él podía levantar la piedra. Pero cuando
salió al jardín del palacio, vio que la piedra era enorme, que era más
grande que él. Entonces comenzó a llorar y regresó a la casa de su
madre.
La viejita le dijo que debía volver al palacio del Gobernador y decirle que si él levantaba la piedra primero, también lo haría después.
El enanito volvió al palacio. Los guardias ya lo conocían y lo dejaron
entrar.
Cuando estuvo frente al Gobernador otra vez, le dijo lo que la
viejita le había aconsejado. El Gobernador aceptó el desafío y salió al
jardín del palacio. Fue hasta donde estaba la gran piedra y, sin ninguna
dificultad, la levantó, pues era muy muy fuerte. Entonces le dijo al
enano:
—Ahora te toca a ti.
El enano se acercó a la piedra y como por arte de magia la levantó.
El Gobernador se quedó sorprendido. No podía creer que un hombre
tan pequeño como el enano pudiera levantar una piedra tan grande.
Entonces el Gobernador hizo otros ejercicios para demostrar su fuerza,
y el enanito hacía todo lo que veía hacer al Gobernador. Por fin, al ver
que el enanito podía hacer todo lo que él hacía, le dijo que si no construía una casa más grande que su palacio, lo mataría.
14 Luis Leal
Otra vez el enanito volvió llorando a su casa. La viejita le dijo que
no debía llorar, pues todo saldría bien.
Al dia siguiente, cuando el enanito despertó, vio que la casa de la
viejita, donde él vivia, se había transformado en un palacio más alto
que el del Gobernador.
El Gobernador, al salir a la calle, miraba sorprendido el alto palacio
del enano. Llamó al enanito y le dijo que todavía tenían que ver quién
de los dos era el más fuerte.
Una vez más el enanito volvió a su casa llorando para hablar con su
madre y preguntarle qué debía hacer. ¡Era tan pequeño y el Gobernador era tan grande! La viejita le dijo otra vez que no debía de tener
miedo, y le puso una gorra de lana en la cabeza.
El combate entre el enano y el Gobernador fue visto por todos los
señores del pueblo de Uxmal. Primero el Gobernador le dio al enano
un golpe muy fuerte sobre la cabeza, pero no le hizo daño. Luego trató
de evitar el golpe del enano, pero había dado su palabra de honor en
presencia de los señores de Uxmal y tuvo que dejar que el enano le
diera un golpe.
Al primer intento, el enano le rompió la cabeza al Gobernador. Esto
sorprendió un poco al enanito, pero dio un gran suspiro de alivio.
Todos los presentes dijeron entonces que el enano era el más fuerte y
que debía ser gobernador. En ese momento, la viejita murió. Nadie
supo de qué enfermedad. Pero como tenía muchos años, su muerte no
causó ninguna sorpresa. Su hijo, el enanito, gobernó por muchos años,
y nunca supo la verdadera historia de su nacimiento. Fue un gran señor
admirado por todo el pueblo.
En Yucatán hay una cueva en el pueblo de Maní que tiene un pasaje
subterráneo. A la entrada de la cueva todos los días se encontraba una
mujer que vendía refrescos. Dicen los habitantes de Maní que esa
mujer era la madre del enano de Uxmal. Dicen también que el pasaje
subterráneo comunica con un palacio muy grande, y que ese palacio
es el palacio del enano de Uxmal.
AUTOR: JUAN SUAREZ DE PERALTA
Tuvo Gil González cuatro hijos, tres varones y una hija, y todos
tuvieron descastadísimos fines... La hermana, que tenían sobre
los ojos y muy guardada para casarla, conforme a su calidad,
vino el diablo, y solicitó con ella y con un mozo mestizo y bajo en tanto
extremo que aun paje no merecía ser, y enrédalos en unos muy tiernos
amores, metiendo cada uno prenda para perpetuarse en ellos, con notable despojo que se hizo al honor de sus padres, dándose palabra de
casamiento.
No fue negocio tan secreto que no se vino a entender y saberlo el
Alonso de Ávila y sus deudos; y sabido, con el mayor secreto que fue
posible, no queriendo matar al mozo (el cual se llamaba Arrutia), y por
no acabar de derramar por el lugar la infamia, le llamaron en cierta
parte muy a solas y le dijeron, que a su noticia había venido que él había
imaginado negocio, que si como lo sabían de cierto supieran, le hicieran
pedazos, mas que por su seguridad le mandaban que luego se fuese a
España, y llevase cierta cantidad de ducados (que oí decir fueron como
cuatro mil) y que sabiendo estaba en España, y vivía como hombre de
bien, siempre le acudirían, y que si no se iba le matarían cuando más
descuidado estuviese; y que luego desde allí se fuese, y con él un deudo
hasta dejarlo embarcado, y nadie lo supiese, y que el dinero ellos se lo
enviarían tras él. Así lo hizo, que luego éste partió y llegó al puerto, y
allí se embarcó y se fue con el dinero que le habían dado, y todos los
años, o los más, le enviaban socorro. Como no se despidió de la señora,
ni ella supo de él, estaba con grandísima pena, y un día, cuando más
descuidada, le dijo su hermano Alonso de Ávila
—Andad acá, hermana, al monasterio de las monjas, que quiero,
y nos conviene, que seáis monja (y habéislo de hacer), donde seréis de
Cuentos Mexicanos
– De los orígenes a la Revolución 21
mí y de todos vuestros parientes muy regalada y servida; y en esto no
ha de haber réplica, porque conviene.
Ella, sabe Nuestro Señor como lo aceptó, y luego la llevó a hancas
de una mula, su hermano, y la puso y entregó a las monjas, las cuales
dieron el hábito, y le tuvo muchos años, que no quería profesar, con la
esperanza que tenía de ver a su mozo.
Visto y entendido de ella esto, fingieron cartas que era muerto, y
digiéranselo, y sintiólo gravemente, y luego hizo profesión y vivía una
vida tristísima. Pasados más de qunce o veinte años, el Arrutia, harto
de vivir en España, y deseoso de volver a su tierra (y ya no le daban
nada, y ella era monja profesa), determina de venir a las Indías y a
México, y pone en ejecución su víaje, y llega al puerto y a la Veracruz,
ochenta leguas de México, y allí determinó estar unos días hasta saber
cómo estaban los negocios, y la seguridad que podía tener en su venida.
Como dice el proverbio antiguo que, «quien bien ama, tarde olvida o
nunca», así él, que todavía tenía el ascua del fuego del amor viva, determina escribir a un amigo, que avisase a aquella señora como era vivo
y estaba en la tierra; y luego la avisaron, y como ella oyó tal nueva, dicen
cayó amortecida en el suelo, que le duró gran rato, y ella no dijo cosa,
sino empezó a llorar y sentir con menoscabo de su vida verse monja y
profesa, y que no podía gozar del que tanto quería. Con estas imaginaciones y otras, dicen perdió el juicio, y se fue a la huerta del monasterio, y allí escogió un árbol donde la hallaron ahorcada. Las monjas
la tomaron e hicieron sus averiguaciones y hallaron que estaba loca: y
así lo creo y se debe de creer.
AUTOR : André GideHabía una vez un guerrero valiente y apuesto. Amaba la caza y así, con frecuencia, iba por los bosques persiguiendo animales. En una de sus cacerías llegó junto a un lago y, lleno de asombro, contempló a una mujer bellísima que bogaba en una canoa.
El guerrero quedó tan enamorado que, muchas veces, volvió al lugar con el ánimo de verla; pero fue inútil, pues, ante sus ojos, sólo brillaron las aguas del lago. Entonces pidió consejo a una hechicera que le dijo:
– No la verás nunca más, a menos que aceptes convertirte en palomo.
– ¡Sólo quiero verla otra vez!
– Si te vuelves palomo jamás recuperarás tu forma humana.
– ¡Sólo quiero volverla a ver!
– Si así lo deseas, hágase tu voluntad.
Y la hechicera le clavó en el cuello una espina y en el acto el joven se convirtió en palomo. Este levantó el vuelo y fue al lago y se posó en una rama, al poco vio a la mujer y, sin poderse contener, se echó a sus pies y le hizo mil arrumacos.
Entonces la mujer lo tomó entre sus manos y, al acariciarlo, le quitó la espina que tenía clavada en el cuello. ¡Nunca debió hacerlo pues … el palomo inclinó la cabeza y cayó muerto! Al ver esto, la mujer, desesperada, se hundió en el cuello la misma espina y se convirtió en paloma. Y desde aquel día llora la muerte de su palomo.
AUTOR : Brown, MarciaÉrase una vez un viajero que después de recorrer un largo camino llegó a una pequeña aldea. El viajero no contaba con un lugar donde refugiarse o algo de comer. Pese a esto, él tenía la esperanza de que un aldeano amigable se ofreciera a alimentarlo.
El viajero llamó a la puerta de la primera casa que encontró. Una mujer abrió la puerta y el viajero le preguntó si podía ofrecerle un poco de comida. La mujer respondió un tanto molesta:
—Lo siento, no tengo nada que darte.
Y cerró de golpe la puerta.
Entonces, el viajero tocó otra puerta, pero la respuesta fue la misma:
—Lo siento, no tengo nada que darte.
Con mucha determinación, el viajero fue de puerta en puerta siendo rechazado una y otra vez.
Al ver que su plan no funcionaba, se dirigió a la plaza del pueblo, tomó una olla de lata que llevaba en su bolsa, la llenó con agua del río, comenzó el fuego y dejó caer una pequeña piedra en la olla.
Mientras hervía el agua, un aldeano se detuvo a preguntarle qué era lo que cocinaba.
El viajero contestó:
—Estoy cocinando una exquisita sopa de piedra. ¿Te apetece un poco?
El aldeano le dijo que sí y encantado se ofreció a traer zanahorias para agregarle a la sopa.
Al cabo de unos minutos, el aldeano regresó con diez zanahorias de su jardín.
Otro aldeano, con curiosidad, se acercó a los dos hombres y les preguntó qué cocinaban. El viajero le respondió que cocinaban sopa de piedra con zanahorias.
—¡Qué interesante receta! —dijo el curioso aldeano—. ¿Será posible agregarle papas a la sopa?
—Claro que sí —exclamó el viajero.
El curioso aldeano fue a su granja y regresó con una docena de papas.
Un joven pasó y se unió al grupo, trayendo a su madre y todos los platos y cucharas de su casa.
No pasó mucho tiempo antes de que docenas de aldeanos se acercaran al viajero, todos ofreciendo su ingrediente favorito: jamón, champiñones, cebollas, bellotas, calabaza, sal y pimienta. Todos querían contribuir a la innovadora receta. Finalmente, el viajero sacó la piedra de la olla y declaró:
—¡La sopa de piedra está lista!
Y fue así como toda una comunidad se unió a un festejo que comenzó con una pequeña piedra y un gran ingenio.
AUTOR : BENEDICTE GUETTIEREran dos muchachos, hombrecito y mujercita, un poco desobedientes.
Fueron haber al abuelito que estaba trabajando en el campo y le dijeron
que trabajara con mas prisa para que le prepararan la comida porque les
mandaba la abuela con ese recado. Vieron al abuelo que como ya estaba
cansado no se apuraba y al mismo tiempo les exigía a los nietos que le
ayudaran. A los dos muchachos no les gusto esa exigencia y viendo muy
vencido al abuelo determinaron matarlo. Una vez que lo mataron lo
fueron a enterrar en un panal de abejones para que nadie pudiera
identificarlo. Después de haber matado al abuelo, se pusieron a cocer unos frijoles
y al empezar el hervor empezo un sonido detrás de la olla que decía:
.. ustedes mataron a su abuelo, ustedes comen a su abuelo". Asustados,
abandonaron el Jugar antes de que los descubrieran, pero en eso llego la
abuela y oy6 esa voz de la olla de frijoles. Se dio cuenta de que su
esposo había sido asesinado por sus nietos y se lanzo a perseguirlos.
Los muchachos estaban ya cansados huyendo por el campo y como vieron que venia muy cerca la abuelita, se metieron en el hocico de una
tuza. Allí se escondieron y cuando la abuela pregunt6 a la tu.za si había visto pasar dos muchachos, la tuza le conteste que no había visto nada,
que continuara su búsqueda. La abuela le pregunte a la tuza por que
no hablaba bien y la tuza contesto que porque estaba enferma de las
muelas y no podía ni abrir la boca. La abuela se escondi6 hacienda que
regresaba, porque las huellas de los muchachos llegaban a la casa de la
tuza.
Salieron nuevamente los muchachos y la abuela los persigui6 otra vez por muchos lugares hasta que entraron a la orilla de un rio. El
muchacho iba siempre delante y la muchacha detrás. Pense el niño que podía ser apresado por esperar a su hermana que se atrasaba y se can, sabe, de modo que mientras esperaba al otro lado del rio, decidi6 dejarla.
Para que no le estorbara la hermana, se sac6 los huaraches para darle
un huarachazo a su hermana en la cara para mancharle la cara de lodo
que no lo viera y no lo persiguiera.
Ya estaban cerca del :fin de la tierra y asi fue como el muchacho
se subio primero al cielo donde no lo podia seguir la abuelita. Su hermana tardo en medio ver después de lavarse algo la cara de modo que
cuando ya se estaba ocultando el hombrecito en el horizonte pudo subir
al espacio la muchacha. Y la mancha que se le ve a la luna es el lodo
que le arroj6 su hermanito, por eso brilla menos que el sol.
- 9 EL SEÑOR , EL NIÑO Y EL BURRO
AUTOR :Martínez Blanco, EnriqueUn hombre y su hijo se dirigían al mercado en compañía de un burro que tenían en venta. En el camino se encontraron con un campesino que les dijo:
—Amigos, ¿por qué caminan si tienen un burro que pueden montar?
Entonces, el hombre montó al niño en el burro y siguieron su rumbo. Pero pronto pasaron junto a un grupo de hombres y uno de ellos dijo:
—Miren a ese niño tan perezoso, deja que su padre camine mientras él monta el burro.
Al escucharlo, el hombre bajó al niño y se montó en el burro. No iban muy lejos cuando pasaron junto a dos mujeres; una de ellas le dijo a la otra:
—Mira a ese hombre tan egoísta, deja que su hijo camine mientras él monta el burro.
Abrumado por los comentarios, el hombre pidió nuevamente a su hijo que se subiera en el burro y ambos continuaron el viaje montados en el lomo del animal.
No tardaron en llegar al pueblo y los transeúntes comenzaron a reírse y señalarlos. El hombre se detuvo para preguntarles de qué se burlaban, los transeúntes respondieron:
—¿No les da vergüenza ponerle tanto peso a un pobre burro?
El hombre y el niño se bajaron del burro para pensar qué hacer. Pensaron y pensaron, hasta que finalmente cortaron un palo y ataron las patas del burro a él. Cada uno, sujetando un extremo del palo, levantaron el burro hasta los hombros. Continuaron el camino en medio de la risa de todos hasta que llegaron al puente que los separaba del mercado.
En ese momento, el burro desató una de sus patas y le dio una patada al niño, haciéndolo soltar su extremo del palo. En la lucha, el burro voló sobre el puente y fue a dar al fondo del río.
—Eso les enseñará —dijo un anciano que los había seguido.
- 10 EL TLACUACHE Y EL COYOTE
AUTOR : Oldrich Kaspar
Un día un tlacuache se encontró a un coyote que estaba al pie de un cerro y le dijo: qué haces mi buen amigo, le preguntó el tlacuache,— Aquí estoy deteniendo el cerro porque se quiere caer, ¿no quieres ayudarme?— con mucho gusto, dijo el tlacuache –bueno, pues espérame aquí, yo voy a buscar lo que hemos de comer y tú quédate aquí deteniendo el cerro, no lo vayas a soltar porque se caerá sobre ti, se despidió el coyote y como el coyote se tardaba mucho y el tlacuache ya se había cansado, se dijo: voy a buscar al coyote para matarlo, para que así nunca me vuelva a engañar y se fue y frente a un árbol vio al coyote y le dijo: tú me engañaste diciéndome que ibas a traer la comida y como no volviste solté el cerro y no se cayó y que tú lo estabas deteniendo y ahora me la vas a pagar, —yo no fui— dijo el coyote, —tal vez, habrá sido otro coyote que por ahí pasó corriendo y no te enojes, mejor ven a comer chirimoya, pero no puedo subirme, —dijo el tlacuache—, aviéntame una, el coyote le aventó una madura y sabrosa, —está muy sabrosa, avienta otra—, el coyote le aventó una más dura que se le atoró en la garganta, el tlacuache se quedó tirado y el coyote se escapó corriendo y el tlacuache se quedó tirado en el suelo y después vinieron unas hormigas y le quitaron el chirimoya, después se levantó y fue a buscar al coyote y lo encontró comiendo tunas y le dijo muy enojado —por qué me aventaste una tuna que no estaba madura— y respondió el coyote yo no fui, yo acabo de llegar aquí y no te enojes, mejor ven a comer tunas, pero no puedo subirme, aviéntame una, el coyote le aventó una tuna ya pelada y sin nada de espinas, el otro se la comió y le dijo: te voy a aventar otra, abre la boca para que te la comas, el coyote le aventó una muy dura y con todo y espinas que se le atoró en la garganta, el tlacuache se fue corriendo no podía gritar, después se quedó tirado, después vinieron unas hormigas y le quitaron la tuna y luego que pudo, se levantó y fue al seguimiento del coyote, pero jamás lo volvió a encontrar.